CIRCUITO DE MONTJUÏC 1957

Hablar de motociclismo en Barcelona es hablar inevitablemente del Circuito de Montjuïc, un trazado urbano que, en esos años, se consolidó como uno de los escenarios más exigentes y espectaculares del calendario.

Situado en la montaña que dominaba la ciudad, el recorrido dibujaba un trazado de poco menos de cuatro kilómetros en el que se alternaban largas rectas con zonas viradas y continuos cambios de rasante. No era un circuito que permitiera el descanso, allí, el piloto debía emplearse a fondo en todo momento, enlazando curvas mientras la moto ascendía y descendía por las pendientes de Montjuïc.

La recta del estadio constituía, probablemente, el punto más veloz del recorrido. En ella, las motocicletas alcanzaban su máxima velocidad antes de afrontar frenadas tan delicadas como decisivas, en las que se ponían a prueba tanto la mecánica como la sangre fría de los corredores. Muy distinto era el carácter de las curvas de la Font del Gat, donde el trazado se estrechaba y exigía una conducción más fina, precisa y calculada.

Pero si algo definió a Montjuïc no fue solo su variedad, sino su dureza. Se trataba de un circuito urbano sin escapatorias, donde árboles, bordillos y desniveles acompañaban al piloto a escasos metros. Las protecciones, limitadas a balas de paja, recordaban constantemente que cualquier error podía pagarse caro.

El firme, irregular en diversos puntos, añadía una dificultad suplementaria. Baches y cambios de superficie castigaban las suspensiones y obligaban a los pilotos a corregir continuamente la trazada. No resultaba extraño, por ello, que muchas carreras se decidieran tanto por la resistencia de las motos como por la pericia de quienes las conducían.

A todo ello se sumaba el público, que convertía cada jornada en un espectáculo singular. Miles de aficionados se distribuían a lo largo del recorrido, en ocasiones a escasa distancia del asfalto, siguiendo con entusiasmo el paso de las motocicletas. El eco de los motores resonaba en toda la montaña, creando una atmósfera difícilmente comparable.

En ese contexto, competir en Montjuïc era algo más que disputar una carrera, suponía enfrentarse a un trazado que no concedía tregua, donde cada curva imponía respeto y cada vuelta llevaba al límite tanto al piloto como a la máquina.

No tenemos demasiados datos de la carrera celebrada el 1 de abril de 1957, pero las imágenes permiten afirmar que cuanto se ha descrito respondía fielmente a la realidad de aquella jornada.