Expedición Moto HIMALAYA-73

Apenas tenía yo 12 años cuando tuvo lugar la expedición, pero como amante de la moto de montaña y de la naturaleza más extrema, no quiero dejar sin comentar la EXPEDICIÓN MOTO HIMALAYA-1973. Un evento universal, donde por primera y única vez las motos de “ruedas de tacos pequeños” y seis atrevidos pilotos barceloneses del Real Moto Club de Catalunya, tocaron las montañas más altas del mundo, en el país de los sherpas, hecho jamás conseguido en moto.

Después de algo más de un año de trabajo, preparación y duro entrenamiento en los Pirineos, donde cada fin de semana se desplazaban para realizar acampadas en pleno invierno, en rigurosas condiciones climatológicas y seleccionando como objetivos los ascensos al Puig Pedrós, Puigmal, Canigó, etc. Seis “valerosos guerreros”, respaldados por la Real Federación Española de Motociclismo y con el visto bueno de la Delegación de Educación Física y Deportes, el 2 de noviembre de 1973 salieron de Barcelona, del Aeropuerto de El Prat, vía Frankfurt, Roma, Nueva Delhi y desde allí hacia Katmandú, alcanzando con sendas Bultaco Sherpa T los 5.156 metros de altitud al pie del glaciar del Imja Khola y batiendo el récord de altura con una motocicleta.

Pero antes de empezar a comentar esta bonita historia, me gustaría presentar a los integrantes de la expedición, los auténticos protagonistas:

RAMÓN GARCÍA NIETO (EPD): gran conocedor del Nepal, empresario, con 42 años de edad, fue el promotor de la idea y el coordinador de la expedición.

RAFAEL PUIG BULTÓ: experimentado motorista de montaña, industrial, de 43 años de edad, su dilatada experiencia montañera hizo que fuera el guía de la expedición.

JAIME SANSÓ (EPD): experiencia y conocimiento del motociclismo, industrial, de 36 años de edad, se ocupó de la preparación técnica de las motos.

GERARDO PASCUAL: doctor en medicina, cirujano y traumatólogo, de 42 años de edad, cuidó el estado físico de todos los expedicionarios.

LLUÍS SOLÉ GUILLAUME: fotógrafo, de 54 años de edad, fue el encargado de captar con su cámara el fiel testimonio de aquella magnífica aventura.

DIMAS VEIGA (EPD): técnico publicitario, de 43 años de edad, fue el responsable de la promoción y de todas las relaciones públicas.

La expedición también contrató alrededor de 60 personas, entre sherpas y porteadores, para llevar todo el material necesario. Pero empecemos por el principio:

KATMANDÚ – LUKLA

Después de estar tres días en Katmandú (capital de Nepal, situada en el valle del mismo nombre a una altura de 1.317 metros), preparando los últimos detalles y aclimatándose a la altura, por fin, el 7 de noviembre de 1973, en una ligera avioneta, salieron hacia Lukla (pequeño pueblo de la región de Khumbu a 2.860 metros de altitud al este del Nepal), punto de partida de la expedición y donde comienzan su viaje la gran mayoría de los visitantes del Himalaya. Antes de aterrizar, el piloto les dio una vuelta hasta Namche Bazar (el balcón del Everest), para que vieran desde el aire lo que les esperaba. Al tomar tierra tenían una temperatura de 18 grados.

El primero que les dio la bienvenida fue un “hombrecillo” de tez morena, que les dijo en un cantarín inglés: “soy Mohan Lal Rai, el sherpa jefe de la expedición, pero para abreviar, llámenme Rai. Soy de Buthan” y los seis integrantes le estrecharon la mano, aprendiéndose Rai sus nombres que pronunciaba con un marcado acento británico. Era avispado, listo, prudente, diplomático, atento, charlatán y callado a la vez, un auténtico sherpa.

Con gran expectación, les tocó montar las motos, ya que aún estaban embaladas en las cajas de cartón, tal como habían salido de Barcelona. Sobre las 17 horas y a punto de caer el día, las pusieron en marcha. Jamás antes de aquel 7 de noviembre de 1973 se había puesto en marcha una motocicleta en las estribaciones del Himalaya, en Lukla.

LUKLA – PHAKDING

No creo que ninguno de los seis expedicionarios olvide aquel 8 de noviembre de 1973 ya que temprano, con temperaturas bajas y muy emocionados, levantaron el campamento y emprendieron la marcha rodeados de un enjambre de niños, hombres y mujeres de “achinados ojos”, hacia el valle de Chukhung.

Hacía un día espléndido, pero al poco de salir de Lukla, el camino se hizo difícil y escabroso. Los tramos empinados y pedregosos se sucedieron haciendo lento el avance. Para recorrer 2,8 km emplearon 1,20 horas. Ello da idea de la dificultad del camino y los importantes obstáculos que encontraron en su avance.

Ganando altura por el estrecho sendero que bordea el rápido y caudaloso río, con una impresionante caída de unos 75 metros y con la obligación deponer la máxima atención, pues en tales condiciones el menor tropiezo significaba entrar en riesgo de accidente, tuvieron un percance. Una piedra mal puesta hizo que uno de los miembros perdiera el equilibro y fuera descabalgado de la moto, rodando por el terraplén y la moto tras él. Al final todo quedó en un susto, pero con un peligro considerable.

Al término de la jornada, sobre las 17 horas, llegaron al campamento junto al río, donde se instalaron.

PHAKDING – JORSALE

Un día más, sobre las 7 horas del 9 de noviembre de 1973, después de haber dormido bien, sin frío y desayunados, con una marcha lenta y fatigosa, siguieron ascendiendo hacia el Inja Khola, ya que, además, después de la jornada anterior y de la toma de contacto, ya se sintieron más seguros. Empezaron a liberarse del “complejo” que el Himalaya les había causado.

El día amaneció y continuó espléndido. Detenidos en el río y después de haber pasado un peligroso puente, pararon para almorzar, descansar y refrescarse. Una vez emprendida la marcha, otra vez el camino bordeaba, a respetable altura, el curso del río y otra vez, aunque menos serio que el día anterior, volvieron a tener un percance, poniendo en peligro la integridad de algún miembro de la expedición.

Un poco más adelante, el camino se descolgaba en un impresionante y peligroso “tobogán” sobre el río. La bajada la hicieron en parejas, uno sobre la moto parada y el otro, a pie, ayudando a frenarla. Cruzado el río, iniciaron la escalada por una pronunciada pendiente formada por afilados e irregulares escalones de piedra, llegando jadeantes y cansados.

A las 16:30 horas, llegaron a Jorsale (pequeño pueblo en el margen derecho del río Duth Kosi), donde montaron el campamento al lado del río. Después de cenar y menos cansados que la jornada anterior, se fueron a dar un paseo por la media docena de casas que forman Jorsale, siendo bien recibidos, haciendo gala el pueblo sherpa de su hospitalidad y buena cordialidad.

JORSALE – NAMCHE BAZAR

10 de noviembre de 1973. Le preguntaron los miembros de la expedición al jefe sherpa: “Rai, ¿cómo es el camino hoy?”, y su respuesta: “Muy malo, lo van a pasar muy mal”.

Con este “optimista” anticipo, después de desayunar y otra vez con un sol radiante, afrontaron la tremenda subida de escalones y piedras que había a la salida del campamento, para seguir a buena marcha por un camino suave que discurre paralelo al río. Cruzaron éste en tres ocasiones, hasta llegar al pie del serpenteante camino que asciende hasta Namche Bazar (ciudad de Khumbu, región del Nepal que se encuentra a 3.440 metros de altitud en las laderas de la montaña), teniendo que superar 710 metros de desnivel, en poco más de 2 km de camino y ¡qué camino!

El primer tramo se presentó con una dificultad como nunca hasta entonces. La pendiente era tan pronunciada, que al menor golpe de gas la moto tomaba fácilmente una inestable y peligrosa posición vertical. Tuvieron que ingeniárselas para, atando una cuerda en la horquilla delantera, tirar con fuerza de ella para facilitar el avance y, al propio tiempo, evitar que la moto se levantara. Estos tramos se sucedieron uno tras otro. La altura empezó a hacer mella y las constantes paradas para descansar hicieron que la ascensión fuera muy lenta y penosa.

Las condiciones de marcha fueron muy duras, apenas se oía un ruidoso jadeo, pero ninguna queja, ni comentario alguno de desaliento. Tenían que llegar a la capital de la región sherpa y todo hacía suponer que lo conseguirían.

Por fin, casi en la cima, cuando el camino se suavizaba un poco, se detuvieron para almorzar, pero era tal el cansancio que nadie comió nada. Un poco de té caliente y unas galletas sirvieron para ponerse de nuevo en marcha. Namche Bazar estaba cerca y había que realizar un último esfuerzo.

Después de 5 horas de marcha, de las cuales 4,15 horas las habían consumido para recorrer 2,2 km, llegaron al campamento donde, una vez instalados, fueron al puesto de policía para gestionar una especie de pasaporte de montaña. El oficial que les recibió se expresó con mucha amabilidad y se interesó por la expedición.

De regreso al campamento, cenaron y ya más tarde, con el cansancio acumulado de toda la jornada, pero también muy satisfechos, se fueron a dormir.

NAMCHE BAZAR – THYANGBOCHE

Como no podía ser de otra manera, el 11 de noviembre de 1973 volvió a amanecer un día radiante y con la agradable sorpresa de que el camino para este día era mucho más fácil que el del día anterior. Esto les animó todavía más. Serpenteante, en continua ascensión, con algunos trechos de empinadas escalinatas, discurriendo a media ladera y a elevada altura sobre el río. Era estrecho, pero de tierra y sin demasiadas piedras. Sin embargo, les obligó a una constante atención y concentración ya que, al menor fallo, las consecuencias hubieran podido ser muy graves. La caída sobre el río tenía una altura cercana a los mil metros.

A la hora y media de haber salido de Namche Bazar, al doblar una pronunciada curva, les apareció el imponente macizo que forma el Lhoste, el Nhuptse y el Everest. La parada para admirar aquella natural belleza (que por su grandiosidad da la impresión de irrealidad), fue de obligado cumplimiento.

La bajada hacia el río que les separa de la otra vertiente, en donde está Thyangboche (es una aldea en el Khumbu, en el noreste de Nepal, situada a 3.867 metros), no resultó fácil. Las retorcidas curvas de 180 grados no les ofrecieron ninguna oportunidad para garantizar el equilibrio. Abajo, en el río, almorzarían junto al pájaro más abundante de todo el país, los cuervos, que se acercaron a ellos con total ausencia de precaución o recelo.

Después de la comida y de un breve descanso, emprenderían la marcha por el empinado sendero, que aunque no fue terriblemente duro, les obligó a un notable esfuerzo, ya que cada vez fueron ganando más altura. A las 15 horas llegaron a Thyangboche, en donde les esperaba un enjambre de chiquillos. Se rumoreaba que 6 expedicionarios estaban recorriendo en moto el Himalaya y pudieron comprobar, a su llegada, que era totalmente cierto.

La entrada fue triunfal. Chiquillos, sherpas y jóvenes monjes del monasterio se disputaron el privilegio de subirse al asiento posterior de la moto, teniendo que complacer a la gran mayoría.

Thyangboche es uno de los rincones más bellos del mundo. Reúne a su alrededor media docena de casas y está situado en una amplia explanada con suave declive y rodeado por un circo de imponentes picos, todos ellos con más de 6.000 metros. El Ama Dablan con 6.858 metros es el más cercano y también el más espectacular, pero también se pueden observar, panorámicamente los conocidos: Tawache, Everest, Nuptse, Lhotse y Thamserku.

Cenaron en el interior de la tienda-salón, con un ambiente frío, más después de haberse discutido con unos alemanes y haber quedado “helados” con su comportamiento. No obstante, sin más preámbulos se acostaron.

DESCANSO EN THYANGBOCHE

El 12 de noviembre de 1973 lo dedicarían a descansar. Por “prescripción facultativa” el doctor de la expedición decidió que este día lo ocuparían para descansar y sobre todo para aclimatarse a la altura. No querían entrar en riesgo de que, al ganar altura con rapidez, tuvieran el “mal de montaña”. Además Thyangboche, a pleno sol, tenía mucho para ver y valía la pena dedicar un día entero a ello.

Aunque pasaron por lugares increíbles, solo la vista de Thyangboche a 360 grados a la redonda les valió la pena. Con una capacidad de sorprender, de deslumbrar, fuera de lo normal, el despliegue visual de estas maravillas de la naturaleza, dejó mella en todos los expedicionarios.

La altitud a la que se encuentra y la amplitud de la confluencia de valles que allí coinciden, le proporcionan dilatadas horas de sol, pero también de frío. Aun así, se recrearon haciendo fotos, sin preocuparse de repetirlas.

Pasaron la mañana sin hacer nada importante hasta que fueron a visitar la residencia del High Lama que rige el monasterio. A través de la gestión de Rai (el sherpa guía) les concedió una entrevista. Les recibió sonriente y aunque solo hablaba nepalí, demostró estar muy interesado por la expedición y se mostró encantado de que, por primera vez, unos motoristas le visitaran.

El monasterio de Thyangboche es un monasterio Tibetano-Budista de la comunidad Sherpa, situado a 3.867 metros de altura y localizado en el Parque Nacional de Sagarmatha, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, por su valor universal excepcional. El monasterio es el más grande de la región Khumbu de Nepal. Se trata de una especie de monasterio, fortaleza y lugar de estudio construido en el año 1916 por el Lama Gulu. Sin embargo en el año 1934, el monasterio fue destruido por un terremoto y reconstruido posteriormente.

La visita interior al monasterio les deja impresionados, dejando por imposible su descripción, coincidiendo todos en que es necesario verlo (y olerlo) para hacerse una idea del paso del tiempo. Más tarde regresaron al campamento para almorzar, cogieron las motos y se las llevaron para mostrarlas al High Lama, visiblemente interesado, quien les dio una especial bendición budista.

Para finalizar la jornada y antes de cenar, el doctor de la expedición les volvió a hacer un chequeo para luego, antes de acostarse, reunirse alrededor del fuego con el fin de aumentar algunas calorías antes de meterse en el saco. La noche despejada y el frío era cada vez más intenso y es que, a las 20 horas, ya tenían una temperatura de -10 grados y seguía descendiendo.

El 13 de noviembre de 1973 tampoco se moverían de Thyangboche. El médico de la expedición no se quería arriesgar a que ninguno de los integrantes sufriera el “mal de altura”, imponiendo un día más de aclimatación. Estaban cerca de los 4.000 metros de altura y no convenía arriesgar nada si deseaban alcanzar el objetivo. Pasaron el día haciendo fotos y filmando, mientras otros paseaban en moto a los monjes del monasterio.

THYANGBOCHE – DHYANGBOCHE

A las 9 horas del 14 de noviembre de 1973 emprendieron la marcha y, después de un pronunciado descenso por un helado camino en forma de tobogán, llegaron a un monasterio de lamas femeninos que les recibieron con extraordinaria cordialidad, pero con gran sorpresa de verlos montados en una moto. Después de visitar el monasterio, siguieron el camino.

Superando una empinada cuesta de grandes piedras, que resultó de gran dificultad y no poco sacrificio físico, empezaron a acusar la proximidad a los 4.000 metros, donde cualquier esfuerzo se hacía extremadamente fatigoso pero, por fortuna, poco después el camino se suavizó permitiéndoles un respiro hasta llegar a Pangboche (3.985 metros), donde se detuvieron para comer.

Sobre las 13:30 horas reanudaron la marcha, siempre por un camino tortuoso y difícil como hasta entonces. La llegada a la confluencia de los ríos que proceden de los valles de Periche y de Chukhung ofrecía una dificultad que, a simple vista, parecía insuperable. Luego, sobre el propio terreno, pudieron comprobar la terrible realidad. Un brusco descenso sobre los ríos, donde se unen, les obligó a tener la máxima atención. La estrechez del camino, prácticamente colgado sobre el cauce del río, no les permitía el menor fallo, que hubiera resultado fatal. Descendieron con el corazón “encogido” pero, afortunadamente, con éxito.

Un poco más allá y cerca de Pangboche, se encontraron con dos peligrosísimos pasos, de unos 60 metros de longitud, en donde el camino no existía por haberse destruido por la caída de enormes piedras. Para superar estos pasos, se vieron obligados a recorrerlos varias veces a pie a fin de apisonar y asentar una superficie justa a la anchura de las ruedas de las motos. Uno a uno, con gran precaución y sobre todo con mucho pánico, consiguieron pasar al otro lado, no sin dejar de mirar el precipicio de más de 200 metros, que casi caía en vertical sobre el río.

A las 16 horas, con un frío intenso (-8º) llegaron a Dhyangboche, una aldea en el valle del río Imja a 4.410 metros sobre el nivel del mar, donde se levantan media docena de casuchas para guardar ganado. Montaron el campamento, hicieron planes para el día siguiente y aunque estaban cansados, también estaban contentos por lo conseguido hasta entonces sin demasiados percances. No tardaron demasiado en acostarse.

DHYANGBOCHE

Muy temprano, como cada día, se levantaron para iniciar, cargados de ánimos, la jornada del 15 de noviembre de 1973.

El sol tardaba mucho en llegar al campamento y al estar rodeados por imponentes paredes heladas de los picos que forman el valle, y que ninguno es inferior a los 6.000 metros, la sensación que les daba es como si estuvieran dentro de un frigorífico. Otra vez el médico de la expedición decidió que sería bueno quedarse en Dhyangboche para aclimatarse a la altura, por lo que ese día no se movieron de esta aldea.

No obstante, algún expedicionario que no podía estarse quieto propuso una salida de reconocimiento, a la que se apuntaron dos pilotos y en la que pudieron comprobar que el camino que les esperaba la jornada siguiente sería duro y con mucha nieve.

La tarde era cortísima. A las 16:30 horas el sol ya se ocultaba tras las montañas y la temperatura descendía vertiginosamente, obligándoles a refugiarse en las tiendas, donde se entretenían jugando a las cartas, dados y charlando, esperando la cena a la que se uniría Rai (el sherpa guía).

El frío fue la nota más destacada e hizo que se tuvieran que acostar temprano, ya que dentro del saco es donde se estaba mejor. Acostarse en aquellas duras condiciones suponía un gran sacrificio ya que no era nada fácil quitarse la ropa para ponerse el “skyjama”. Aquella noche, en el interior de la tienda, el termómetro marcaba -12 grados y fuera -18 grados. Hay que tener en cuenta que los equipos de montañismo del año 73 en poco o nada se parecen a los de ahora, en cuanto a características y calidad, por lo que me temo que no lo deberían pasar muy bien con unas condiciones tan extremas.

DHYANGBOCHE – BIBRE – CHUKHUNG

El 16 de noviembre de 1973 continuaron con la ascensión y con los ánimos dispuestos a llegar hasta donde la nieve se lo permitiera. Sería el día clave, ¡el del éxito! Pero vayamos por partes.

Llegaron a Bibre (4.570 metros) y, con un cielo totalmente despejado, decidieron establecer el campamento aquí.

Siguieron hasta Chukhung (aldea de alojamiento a 4.730 metros, situada al sur del Everest, que sirve de campo base y de aclimatación para las expediciones a los picos más cercanos), por un camino (por llamarlo de alguna manera) terrible y de extrema dureza, pero confiados de poder hacerlo. Éste desaparece, viéndose obligados a marchar por el fondo de un ancho y antiguo glaciar, sembrado de enormes piedras, que tuvieron que ir sorteando de la mejor manera posible.

La nieve y sobre todo la altura tan cerca de los 5.000 metros, causó mella en los expedicionarios. Cada vez acusaban más la falta de oxígeno, obligándoles a detenerse constantemente para tomar aliento; la respiración era jadeante y el menor esfuerzo requería una inmediata recuperación. En estas condiciones, poco antes de llegar a Chukhung tuvieron que cruzar un río, completamente helado, a excepción de un trecho, por donde bajaba el agua en abundancia y a gran velocidad. Este paso fue difícil, lento y les causó algún contratiempo.

Por fin llegaron cerca de Chukhung, ascendiendo por el glaciar de Inja Khola, que se mostraba en toda su extensión cubierto de nieve y rodeado por imponentes paredes de más de 2.000 metros de alto, formando una increíble cascada de hielo. Al principio, la dureza de la nieve del glaciar les permitió seguir avanzando, hasta que ya más arriba la espesa y blanca capa no les permitió el avance de las motos, dejándolos clavados en el manto blanco.

A las 14:05 horas del 16 de noviembre de 1973, en el glaciar de Inja Khola, el medidor de altura marcaba 5.156 metros, por lo que la manifestación de júbilo de toda la expedición no se hizo esperar, estaban enormemente satisfechos. Por primera vez en la historia, una moto de montaña y seis motoristas, habían alcanzado una cota de esta importancia en la cordillera del Himalaya, dejando el motociclismo de nuestro país, en el primer plano mundial, con esta acción de indudable importancia y mérito.

Atrás quedaron los sacrificios, el frío y el cansancio, el peligro, las incomodidades, todo fue bien empleado a cambio de la intensa sensación que los seis pilotos sintieron al pie de los imponentes: Everest (8.848 metros), Lhotste (8.516 metros) y Nhuptse (7.861 metros).

Comieron un poco e iniciaron el regreso al campamento de Bibre, en donde se relajaron de toda la tensión que aquella jornada les había producido y con la inmensa satisfacción de que la expedición había alcanzado un éxito completo, dejando de ser una quimera.

El 17 de noviembre de 1973 emprendieron el camino de vuelta hacia Lukla, no exento de dificultades, ante la amenaza de la nevada anunciada a través de la radio por los servicios de meteorología. No creo que les hiciera mucha gracia, a aquella altura, dejarse sorprender por la nieve ya que, si les nevaba en aquella situación, no podrían sacar las motos, además, el camino a la inversa ofrecía los mismos riegos, pero con el peligro de caída en el lado contrario al de subida.

Al llegar de nuevo a Thyangboche, el High Lama se sintió vivamente interesado por el logro de la expedición MOTO-HIMALAYA. En su residencia les ofreció té tibetano, mientras le contaban toda la aventura a través de Rai (el sherpa-guía traductor). En la conversación salieron varios temas y uno especialmente delicado, como era el suministro del agua al monasterio en los meses de invierno, cuya instalación sufría desperfectos a causa de los aludes, dejándolo sin agua.

El agua a Thyangboche llegaba desde una fuente que se encontraba en una ladera de la montaña, a escasa media hora de camino a pie. La instalación de las tuberías que canalizan el agua la realizó Edmund Hillary (famoso por haber sido el primero en llegar el 29 de mayo de 1953 a la cima del Everest y regresar con vida), gran enamorado y protector del Nepal.

En invierno, los aludes de nieve y caídas de grandes piedras derrumbaban la instalación. Las tuberías se helaban y se quedaban sin agua. Nuestros expedicionarios se ofrecieron para revisarlo y en pocos minutos el problema quedó solucionado, con el esfuerzo de todos y el ingenio de alguno, utilizando los aparatos, cables y poleas que tenían para cruzar los ríos donde el puente estuviera destruido y que como no habían tenido que utilizar, se los obsequiaron al monasterio dejando acondicionada la conducción del agua para unos cuantos años más.

Al despedirse, el High Lama les puso a cada uno de ellos una “khata”, que en realidad es una bufanda de seda con los extremos flecados, muy tradicional, ceremonial; común en la cultura tibetana y que simboliza la pureza y la compasión. Solo se otorga a personas de cierto relieve, como testimonio de gratitud y deseo de ventura, por lo que quedaron altamente agradecidos.

Se despidieron, quedando impresionada en sus retinas la belleza de aquel gran entorno natural.

El 20 de noviembre de 1973, levantaron el campamento y después de desayunar se pusieron en marcha hacia Namche Bazar, no dejando de mirar hacia atrás, dando el último vistazo al monasterio con una sensación agridulce entre la nostalgia y la alegría. Las horas vividas allí, la entrevista con el High Lama, el alemán enfermo al que salvaron la vida, la fiesta sherpa, etc. habían dejado una profunda huella en todos ellos que difícilmente olvidarían.

De regreso se cruzaron con varios excursionistas venezolanos, quienes les dijeron que se hablaba de ellos y de su aventura en todas partes y que todo el mundo estaba sorprendido de que fueran por aquellos imposibles caminos en moto. No entendían cómo habían podido llegar hasta más arriba de Chukung. Realmente lo sabían todo y la expedición quedó sorprendida del interés que había causado su presencia en el Himalaya.

El camino les resultó más sencillo y agradable, llegando a Namche Bazar a media tarde, con algún contratiempo físico, más concretamente un golpe en la rodilla y una inoportuna gripe con cerca de 40 grados de fiebre, que hizo mella en algún expedicionario, pero por fortuna los cuidados del médico del grupo lo relevaron a una simple anécdota.

Tres jornadas les bastaron para llegar a Lukla (el punto de partida), para desde allí esperar la avioneta que de nuevo les llevaría a Katmandú. En la espera no dejaron de disfrutar de una fiesta alrededor del fuego. Cantos y bailes sherpas y nepalíes a cargo de Rai, el cocinero, sus ayudantes, etc. Se acostaron muy tarde, pero no importaba, ya que al día siguiente no era necesario madrugar.

A modo de resumen podríamos decir que estuvieron 19 jornadas en la cordillera del Himalaya y la dureza de cada una de ellas, el cansancio acumulado, la necesidad de un buen baño, las ganas de dormir en una auténtica cama con sábanas y almohada, todo quedaba compensado con la satisfacción de haber sido los primeros motoristas que tuvieron la audacia (o inconsciencia) de realizar una travesía motociclista por el techo del mundo. El 25 de noviembre se despidieron con un emotivo abrazo con todos los sherpas y en especial con el “pequeño” Rai, que sería el primer sherpa en haber dirigido la primera y única expedición motociclista del Himalaya.

A bordo de la avioneta rumbo a Katmandú ninguno de los seis dijo nada, solo miraron hacia atrás para memorizar, para siempre, la incomparable visión de aquella impresionante naturaleza, sintiendo el profundo y emocionado saludo Himalaya “NAMASTÉ” (aquel que utiliza la población sherpa con una ligera inclinación de la cabeza y con las palmas abiertas), para despedirse, dar las gracias, mostrar respeto y ser venerados por los dioses. Así se expresa el sencillo y hospitalario pueblo sherpa.

LAS MOTOS:

En 1965 Bultaco decidió sacar al mercado uno de los modelos más míticos de la marca, la SHERPA T, la reina del trial.

Años más tarde, más concretamente al finalizar 1968 y bajo la demanda de la Unidad de la Moto Alpina de la Cruz Roja, Bultaco lanzó el modelo Alpina.

Así pues, la Bultaco Sherpa T con acabados del modelo Alpina, surgió como la gran excursionista de las montañas, probablemente en función de las reiteradas demandas que un mercado tan importante como el de EE.UU. le hacía a la fábrica de Sant Adrià del Besós en Barcelona.

Pensadas para los grandes paseos, eran sencillas, nobles, divertidas, inagotables e indestructibles, es decir, la moto ideal para esta aventura.

Con matrículas correlativas, de la B-0001-Y a la B-0006-Y, y con el apoyo de la histórica fábrica catalana BULTACO, a las seis SHERPA T de 350cc, modelo 92, se les adaptó el KIT de depósito y asiento procedente de las ALPINA, pero decorado como una Sherpa, un nuevo silencioso tipo boomerang, una corona de mayor diámetro y culatas de Pursang. Más de un quebradero de cabeza les ocasionó el pobre octanaje de la gasolina nepalí, teniendo que requerir combustible de la aviación para poder subir el octanaje y así posibilitar que las motos pudieran funcionar adecuadamente. 

Obsérvese el asidero montado detrás del asiento para poder tirar de ella en caso de necesidad.

La conocida tienda de motos ZONA 3 fue la encargada de preparar técnicamente las motos.

CURIOSIDADES:

El presupuesto para la expedición fue de 2.400.000 pesetas (poco más de 14.000€).

La logística de la expedición fue impresionante para la época. Una tonelada de peso que incluía seis cajas grandes donde viajaban las motos, más otras diez llenas de material de alta montaña, con equipamiento, recambios, víveres, mapas, medicinas, etc.

La salida de Katmandú la hicieron en una “Pilatus Porter”, una avioneta de fabricación suiza con un solo motor, con capacidad para ocho pasajeros y el piloto, que tomaría tierra en Lukla en apenas 150 metros.

En Lukla les esperaban 3 sherpas, 1 cocinero y los 55 porteadores que fueron los que llevarían la expedición, comandados por MohanLai Rai, que sería el guía, traductor y jefe de los otros 3 Sherpas. Cada porteador cargaría con unos 35 kilos de material.

El duro y difícil camino, unido al intenso frío y a la altura, fueron los obstáculos más sobresalientes que tuvieron que vencer.

La ascensión a Namche Bazar (3.440 metros de altitud) fue muy dura y laboriosa ya que, por debajo, el cauce del rio cada vez quedaba más profundo, hasta llegar a superar un desnivel de 710 metros, en poco más de 2 km.

Una gran cantidad de elementos de protección fueron necesarios para protegerse de las quemaduras del sol y evitar los efectos de los rayos ultravioleta.

Para calmar la sed, tomaban agua hervida con un fortísimo sabor a cloro, por la gran cantidad de pastillas que debían poner.

En aquellos años es posible que el motociclismo de montaña no fuera plenamente aceptado por unos pocos, pero es que a lo largo de los días, en encuentros con varios excursionistas de diferentes países, nuestros aventureros se preocuparon en preguntarles si la presencia de motos en el Himalaya les causaba alguna molestia. Las respuestas eran todas muy elocuentes: “¡EN ABSOLUTO! Todo es cuestión de tener un respeto mutuo”, otros les daban la enhorabuena y felicitaban por tal proeza. Pero sí es cierto que también tuvieron algún momento desagradable en la ascensión a Namche Bazar, ya que un grupo de excursionistas norteamericanos se mostraron muy “antipáticos” y una pareja de alemanes, que primero uno y poco después el otro, se pusieron en medio del camino tratando de obstaculizar su marcha.

En Thyangboche, también tuvieron un “rifirrafe” con varios miembros de un campamento alemán, pero también es cierto que al día siguiente otros componentes de este colectivo, concretamente dos mujeres, lamentaron el comportamiento de sus compañeros y se disculparon, no así los primeros miembros del conflicto, que además se pusieron un poco “bordes”.

Pero mira por donde, uno de estos alemanes se vio gravemente aquejado por el “mal de altura”. Llegó acompañado de un sherpa-guía en gravísimo estado, solicitando asistencia por parte del equipo expedicionario. Le atendió el médico del grupo observando una crítica descompresión cardíaca y principio de edema pulmonar, con posible y fatal desenlace. Con su actuación a lo largo de toda la noche, evitó la muerte de este montañero alemán, siendo evacuado al día siguiente a Namche Bazar, población con menor altitud.

La presencia en el Himalaya de los motoristas fue el factor determinante para salvar la vida de aquel montañero germano, que el día anterior se había manifestado contrario a los expedicionarios motorizados.

Hay que tener en cuenta que las montañas eran muy atractivas, los paisajes eran fantásticos, la experiencia del cielo nocturno estrellado fue inolvidable. No obstante, las montañas entrañan múltiples peligros, que no pueden ser desdeñados por mucha experiencia o buena condición física que se tenga. El peligro de la montaña aumenta con la altitud debido a la disminución de la presión atmosférica. Cuanto menor es la presión atmosférica menor es la presión de oxígeno. A 5.200 metros de altura la presión atmosférica de oxígeno es la mitad de la que hay a nivel del mar. El cerebro es muy sensible a la falta de oxígeno, hasta el extremo que si se suspende completamente la oxigenación cerebral se pierde la consciencia en cuestión de segundos. Por lo tanto, a medida que se asciende en altura el motorista va empeorando la oxigenación de su cerebro, empeora su coordinación motora, su capacidad de razonamiento, etc.

En Namche Bazar pudieron hablar con un matrimonio sherpa de una noble y acaudalada familia. Comerciantes con el Tíbet antes de la invasión de China y actualmente ganaderos. El collar que luce la señora, de piedras del Tíbet, tenía un valor en 1973, superior a las 500.000 pesetas (3.000€).

El joven High Lama no tuvo ningún inconveniente en lucir el distintivo de la expedición Moto-Himalaya.

Pronto corrió la noticia en Thyangboche de que, entre la expedición, había un médico. No les tocó más remedio que montar una consulta, donde a la voz de “que pase el primero” poco a poco les fue atendiendo. La falta de higiene en alguno de ellos, le hizo declinar cualquier cura si antes no se iban a lavar al río. Lo “bueno” del caso, es que solo se lavaban la parte a curar. Se repartieron jarabes, pastillas y demás cosas, de todo el material farmacológico que les había sobrado.

Ya de regreso, en Lukla, limpiaron las motos hasta dejarlas como nuevas, las trasladaron hasta la pista de aterrizaje, para dejarlas dispuestas para el transporte hasta Katmandú y todo el material sobrante y que ya no precisarían, lo distribuyeron a sus sherpas y porteadores.

El campamento de Bibre a 4.800 metros de altitud, estaba rodeado por altos y helados picos. Fue aquí donde soportaron una temperatura de 18 grados bajo cero durante 12 horas.

No sé muy bien si estos datos “estadísticos” son ciertos o no, pero como no está de más poner un punto de humor, aquí quedan mencionados:

Motoristas llegados al Nepal: 6

Motos montadas en el Nepal: 6

Caídas sufridas: 134

Tacos soltados en el camino: 1.321

Tacos soltados en los descansos: 174

Sonrisas a las nepalíes: 1.321.742

Recuerdos a madres de nepalíes: 237

Perlas en bujía: 117

Margaritas recogidas: 0

En Pangboche tienen guardados, en un monasterio semiabandonado, los restos de un yeti. Un cuero cabelludo en forma de melón, partido por la mitad, cubierto con recios y cortos pelos de color castaño, y el esqueleto de una mano derecha, de características humanoides y de un tamaño más pequeño que la de un ser humano. Lo cierto es que aquellos restos podían pertenecer a cualquier antropoide, pero no se atrevieron a discutirlo con el monje, ya que estaba totalmente convencido que habían pertenecido a un yeti.

Las autoridades intentaron quedarse con las Bultaco, con la excusa surrealista de que tenían un permiso para las motos y otro para los motoristas, pero no uno conjunto para las motos y los motoristas”. Gracias a las gestiones de uno de los expedicionarios, regresaron a Catalunya enteros y sin contratiempos. De aquellas seis joyas, que yo sepa, actualmente se conservan 2, la de Rafael Puig Bultó y la de Ramón García Nieto, en manos de su hijo Juan. Una tercera moto, la de Jaime Sansó (el cual falleció poco después de participar en la tercera Alpinada) creo que fue vendida a unos franceses.

La EXPEDICIÓN MOTO HIMALAYA alcanzó la altura de 5.156 metros al pie del glaciar de IMJA KHOLA. Nunca más una moto volvió a circular por el Himalaya, ya que poco después, el Gobierno del Nepal prohibió las ascensiones en vehículos a motor, por lo que el record continua siendo válido y único.

Tanto la revista Motociclismo, como El Correo Catalán, hicieron sendos reportajes con todo tipo de detalles, que ahora me han ido muy bien para conseguir más información.

La expedición fue posible gracias a:

RFME

BULTACO

PERFUMERÍA PARERA S.A. (VARON DANDY)

FLAMAGÁS S.A. (RELOJ TÍMEX)

PIRELLI

BANCA CATALANA

VIAJES MEDITERRANEO

Agradecer a DIMAS VEIGA (EPD) los relatos acontecidos en esta brutal historia, que me ha tenido “atrapado” mientras la estaba pasando a limpio. También todas las fotos y vídeos que hizo LLUÍS SOLÉ GUILLAUME que me han servido para plasmar mejor esta expedición/aventura.

Si queréis saber más sobre el tema, no dejéis de leer el libro “HIMALAYA NAMASTÉ, BULTACO la moto que conquistó el Himalaya” de Dimas Veiga. Es apasionante.

Por otro lado, en el 2007 tuve la ocasión de poder participar en la segunda Alpinada. Un evento propuesto e ideado por Alex Urgellés, organizado por el moto club BSC (Bultaco Sport Clàssic) en Tregurà y bien dirigido por mi buen amigo Ramon Codina.

En esta década, el auge de las motos clásicas quedaba demostrado en el trial, motocross y enduro, pero quedaba en el “tintero” recuperar las excursiones típicas de la época, ya que siendo una práctica muy popular en aquellos años, también por problemas medio ambientales, no se organizaban excursiones de este tipo. Con estos condicionantes surgieron las Alpinadas, con la originalidad de que únicamente pudieron participar motos del modelo Alpina y teniendo como referente a la MOTO HIMALAYA 73.

El objetivo que seplanteó era divertirnos todos al máximo en contacto con la naturaleza, realizando una sencilla travesía de montaña por tierras pirenaicas y pisar nieve con nuestras Alpinas (aspecto este realmente optimista, en función del suave invierno que estábamos viviendo en el momento en que se comunicó este objetivo).

Mientras se estaban haciendo los trámites para organizar la segunda Alpinada, la organización recibió un agradable mensaje:

«Me parece estupenda vuestra iniciativa de organizar la BULTACO ALPINADA. También he informado de la excursión a mi cuñado, que no es otro que el hijo de Ramón García Nieto, uno de los integrantes de la aventura del Himalaya que ha recibido encantado la propuesta y, no solo eso, sino que hemos quedado el próximo fin de semana para poner a punto la Alpina de su padre. O sea, si el tiempo (y la mecánica) no lo impide, una de las Alpinas (en realidad Sherpas) que acudieron al Himalaya, formará parte de esta concentración de Alpinas. Se da la curiosa circunstancia que dicha Alpina se encuentra en Camprodón, muy cerca de Tregurà.

Aquello empezaba a ponerse realmente interesante, ya que una de las Sherpa-Alpina que ascendieron a las cumbres del Himalaya estaría con nosotros en manos del hijo de uno de los protagonistas de aquella aventura.

Tampoco quiso perderse el «evento» el creador del nombre de las Alpina, Manuel Fabregat, que tras las reuniones mantenidas con Don Paco Bultó, logró convencerle para que así fuera.

Por aquel entonces tenía una Alpina 212 (la verde) que causó una enorme expectación por el excelente estado en el que se encontraba, parecía que la había recogido el día anterior del concesionario de la esquina, realmente espectacular.

A media mañana arrancaba toda la expedición, iniciando el itinerario cruzando Setcases, con gran expectación y curiosidad.

Más tarde, ascendiendo en perfecta y espaciada formación y cuando nos encontrábamos sobre los 1.700 metros de altitud, las zonas con nieve empezaban a hacer acto de presencia con cierta regularidad. También en ese instante, el bosque adquirió una luminosidad visible y claramente diferente.

Aunque mi Alpina se quedó tirada por el camino con la cadena rota, los demás consiguieron llegar a los 2.000 metros de altitud, alineando las motocicletas próximas a una voluminosa clapa de nieve.

Nunca olvidaré aquel día y por eso ahora lo relato, porque también para nosotros aquella fue una experiencia impresionante y fuertemente impactante ya que, aun sin tener en la expedición de la Alpinada 2007 a Ngawang Tenzing Jangpo Tengpoche Rimpoche (el High Lama del Monasterio de Thyangboche aquel noviembre del 73), seguíamos recordando perfectamente a aquellos seis aventureros sobre sus fantásticas máquinas, dándonos cuenta, enseguida, de que eran personas de noble corazón, y que como todos los presentes en Tregurà, amábamos tremendamente los bosques, las montañas y todo el entorno natural.

Y ahora toca volver al presente.

Un gran amigo mío, Alex Urgellés, “loco” por todo lo concerniente a esta EXPEDICIÓN MOTO HIMALAYA del 73, decidió celebrar su 25 aniversario de bodas haciendo el mismo recorrido que los 6 expedicionarios, pero dejemos que sea él quien nos lo cuente.

LA HIMALAYA 73, VISTA SOBRE EL TERRENO Y 45 AÑOS DESPUÉS

Cuando Víctor me propuso participar en la conmemoración de los 45 años de la expedición Moto Himalaya 73, me dio una auténtica alegría, en el sentido de que podría ayudar a rememorar aquella hazaña y sobre todo por la oportunidad de compartir nuestra particular aventura con todos vosotros.

Sabéis que este tema siempre me ha causado una total admiración, por el desafío que supuso para la época y más para sus protagonistas.

Situémonos en un mundo, el del año 73, que nos lleva al final de la guerra del Vietnam, y en el que Richard Nixon anuncia la designación de Henry Kissinger como nuevo secretario de estado. Un año en que estalla la crisis del petróleo, y en el que el precio del crudo se encarece tremendamente, con las consecuencias que todos conocemos.

Más cerca de nosotros, se produce el atentado de Carrero Blanco, fallece Nino Bravo, Luis Buñuel recibe un Oscar y “El Lute” es detenido en Sevilla.

Y en medio de todo este “festival”, hay una persona que se llama Ramón García Nieto que, como muy bien os ha explicado Víctor, decide hacer realidad el sueño de llevar las Bultaco Sherpa al país de los sherpas.

Recuerdo la revista Motociclismo y el seguimiento que hizo de la expedición, cuando yo aún usaba pantalón corto y las Bultaco ya se habían “colado” dentro de mis venas.

Supongo que sin darme cuenta, dentro de mí nació el embrión de otro sueño semejante, como pudiera ser el de viajar a aquellas lejanísimas tierras en alguna ocasión de la vida. Y todo llega, queridísimos amigos, si tú lo buscas con deseo, constancia y pasión.

El pasado diciembre de 2016 cumplimos 25 años de casados mi esposa Gemma y yo, y Nepal era el viaje eternamente soñado, esperado y deseado, además de la excusa perfecta para celebrar el aniversario.

El 25 de noviembre de 2016 llegábamos a Katmandú, después de hacer escala en Doha (Qatar) y con ello comenzaban los contrastes y las vivencias de este particular viaje, al pasar de uno de los aeropuertos más lujosos de la tierra a otro perteneciente a uno de los 10 países más pobres del mundo.

Anita, el «partner» de nuestra agencia de viajes de Barcelona en Katmandú, nos esperaba llevándonos a un céntrico hotel y conociendo por la tarde al resto de expedicionarios (Héctor, Mariona, Magda, Ramón y Martí) así como a Jeebant Shrestha, el que sería nuestro sherpa guía, haciendo las funciones que ya correspondieron a Mohan Lai Rai, el sherpa guía de la expedición del 73.

Al día siguiente, de madrugada, nos dirigimos al aeropuerto para coger una avioneta que, al igual que la Pilatus Porter de nuestros amigos, nos llevaría a Lukla después de 50 minutos de vuelo y después de hacer bastantes actos de fe, para creer que “aquello” podría volar.

Luckla es el inicio de todos los trekkings que llevan al Everest, con su aeropuerto encajado entre las montañas y su corta pista, ahora por lo menos asfaltada.

A la llegada nos dirigimos a un Lodge (sería similar a la idea de Albergue en nuestro país), y los porteadores iniciaban los preparativos para transportar nuestras bolsas.

Me dirigí al que nos fue asignado, una persona bastante delgada, nada corpulento y de piel oscura, para preguntarle su nombre y presentarme, recuerdo con respeto su respuesta, al contestar fuerte y claro “Passang Sherpa”, mi admiración vino dada por el orgullo que transmitía.

La etnia sherpa (literalmente gente del este), eran pastores nómadas tibetanos que se trasladaron a la región de Solu Khumbu hace 500 años, provenientes del Tíbet. En el Nepal hay muchísimas etnias, pero es un auténtico orgullo pertenecer a ésta y Passang, así lo evidenció de nuevo.

Él y tres personas más como porteadores (los cuales cargaban a su espalda una media de 30 kg) y Lukmang (el 2º sherpa guía), además de Jeebant como principal sherpa guía, completaban la expedición.

Al rato iniciábamos la que sería nuestra primera etapa que, al igual que nuestros amigos del 73, sería entre Lukla (2.804 m) y Phakding (2.623 m), sin hacer ningún esfuerzo al partir por disimular nuestra colectiva euforia.

Hacia el medio día llegamos a nuestro lodge, el cual tenía un nombre bien trialero (Sherpa Guide Lodge), siendo el prototipo de todos los que nos encontraríamos en el resto del trekking, consistiendo en una sala de estar-comedor y única pieza de la casa calefactada, mediante una estufa metálica a la cual se le suministraba un combustible que no era más que los excrementos de yak secados al sol.

Las habitaciones eran pequeñas con dos camastros y nada más, debiendo desplegar tu saco, y procura que sea de calidad, porque de madrugada la habitación podía estar perfectamente a tan solo 3 ó 4 grados, y esto en la parte baja del trekking, pero por lo menos, no eran los -12 que nuestros amigos tuvieron que soportar dentro de la tienda en alguna ocasión.

Por la mañana al levantarnos, un par de monjes jóvenes con su clásica túnica color azafrán y que se habían alojado en el mismo lodge, nos saludaron desde el pasillo con su característico Namasté y sus manos juntas, además de una acogedora sonrisa, adentrándonos cada vez más en el misticismo y exotismo que se respira en cada rincón de esta colosal cordillera.

Desayuno y… en marcha, esta nueva etapa nos llevaría hasta Namché Bazar, sería una etapa dura en la que ascenderíamos un desnivel de casi 800 metros hasta la capital de la región sherpa, sin hacer “escala” en Jorsale, como lo hicieran nuestros amigos aventureros.

El ir caminando acrecentaba este misticismo y exotismo al que me refería, las stupas, que son un tipo de arquitectura religiosa budista, las banderolas de oraciones y colores con sus mantras esparciéndose a los 4 vientos, las caravanas de yaks y cows, así como las gentes y los puentes colgantes sobre el cauce del Dudh Kosi (por cierto, no aptos para personas con vértigo), hacen que avanzar sea un espectáculo permanente.

Otro aspecto muy curioso era que en los 12 días que permanecimos en la montaña, no vimos ni una sola rueda. En el trekking no existen ni coches, ni motos, ni bicicletas, todo el transporte se realiza mediante animales de carga o bien porteadores, es por ello previsible el fuerte impacto y la sorpresa que nuestros moto-excursionistas debieron causar con sus Bultaco 45 años atrás.

Llegamos a Namché Bazar, previa obtención de los correspondientes permisos de acceso a la alta montaña y con las energías muy por debajo de mínimos, pues la paliza había sido de impresión y, para acabarlo de arreglar, las “calles” son de tierra y empedradas y las escaleras de gran tamaño, todo ello sin olvidar que nuestra aclimatación había sido prácticamente nula y que Namché se encuentra, como os comentaba Víctor, en los 3.440 metros de altitud.

En la época de nuestros expedicionarios, no era más que una conjunción de 100 casuchas ubicadas en la ladera de la montaña. Como entonces, es el lugar de comercio más importante de la región de Khumbu, y como entonces, los mercaderes tibetanos deben superar puertos de montaña de más de 5.000 metros para vender sus mercancías en el popular mercado de los sábados.

Por suerte, esta vez estaríamos en un hotel (made in Nepal) gestionado por Maya.

Poco después de ubicarnos, le enseñé a Maya el libro de la expedición (me pasé todo el trekking haciendo “propaganda” de la Moto-Himalaya 73 e iba bien provisto de documentación), que evidentemente viajaba con nosotros, además de las fotografías en papel que había preparado para entregar al Hihg Lama del templo de Thyangboche, que en aquellos lejanos años ya recibió a Ramón y el resto de expedicionarios.

Sus ojos se fueron agrandando y rápidamente llamó a su marido, Ang Dorju Sherpa, a quién los ojos se le agrandaron del todo al ver el libro y las fotos, no paraba de preguntarme cosas, su mujer me pedía las fotos para tenerlas en las paredes del hotel (estaban llenas de las fotos de conocidos montañeros) y él también las quería.

Me dijo que recordaba perfectamente cuando Ramón, Jaime, Rafa, Luis, Dimas y Gerardo, junto con toda la expedición, llegaron a Namché. Recordaba el haberles visto por la calle sobre sus motos, siendo la admiración de todo el pueblo, y me contó que en aquel momento tenía 16 años!!!

Les dije que la idea era conocer y entregar las fotos en mano a Ngawang Tenzing Jangpo Tengpoche Rimpoche el High Lama del templo budista de Thyangboche, por lo que no se las podía dar, prometiendo que de regreso a nuestro país se las enviaríamos por correo.

Ang Dorju Sherpa comentó que hacía una semana que el High Lama se había retirado a Katmandú y, acto seguido, cogió su teléfono e hizo una llamada. Se dirigió a Tenzing Nuru, secretario de Tengpoche Rimpoche, y le explicó nuestra conversación. Cuando colgó escribió en un trozo de papel el nombre, teléfono y dirección del secretario y que tan solo deberíamos llamar para tener audiencia con él, también dijo que actualmente era High high Lama y que era considerado como una auténtica divinidad en el Nepal, siendo nuestra idea el podernos reunir al regreso a Katmandú.

Disfrutamos muchísimo con esta conversación y firmó en el libro “Himalaya Namasté, Bultaco la moto que conquistó el Himalaya” que, como os comentaba, viajó con nosotros durante todo el trekking.

Un rato de descanso en la habitación, el atrevimiento a tomar una ducha… fría, (en Nepal el agua sale fría de verdad y se entiende porque dicen que es tan fácil resfriarse en esas tierras) y a cenar, sin excesivo apetito por cierto, porque tal vez la paliza y la altura nos estaban pasando factura, por lo que después de la sobremesa con el resto de nuestros compañeros y sherpas, nos fuimos a dormir.

Los días 28 y 29 de noviembre, como es habitual en estos casos, los dedicamos a aclimatar en Namché. Dentro de este proceso de aclimatación, ascendimos hasta el hotel View Everest a 3.880 metros, el cual, abrió sus puertas en 1971 y con magníficas vistas sobre el Everest, aunque el día estaba nublado y nos quedamos con las ganas.

Esta aclimatación resultó ser un poco “movida”, porque la noche del 28 fue del todo excitante…

Eran las 5:30 horas de la madrugada, nos despertaron los perros con un ladrar sonoro y estremecedor, poco después un sonido grave, que parecía proceder del “centro de la tierra”, se sumaba al “concierto” y de repente… las camas se movían, las bolsas se movían y, en definitiva, la habitación se movía… se estaba produciendo un terremoto, del cual supimos que había llegado a 5,4 en la escala de Richter. La gente empezó a chillar presa del pánico, evidentemente conscientes de las consecuencias que los terremotos tienen en Nepal.

Gemma me preguntó “¿pero qué pasa?”, “es un terremoto, pero debe ser bastante habitual por aquí…” le contesté, en un intento de quitar importancia y mantener la calma. Por suerte nuestra habitación tenía una puerta que daba a una especie de huerto en el que había muchísima gente con linternas y esperando, nosotros nos vestimos y nos metimos en la cama de nuevo……incluso con las botas puestas por si acaso, y no era para menos, las réplicas, que por suerte no se produjeron y que es lo que la gente estaba esperando, en muchas ocasiones son peores que el mismísimo terremoto (es preferible no pensar en lo que pudiera haber pasado, creo que no éramos en absoluto conscientes del peligro que suponía aquella situación).

El día 30 arrancábamos todo el equipo con el objetivo de reiniciar una marcha que nos llevaría hasta el famoso y emblemático templo de Thyagboche. La ruta nos situaría en el nivel del rio en donde, al igual que nuestros amigos, comimos para poco después atacar la fuerte, larga y constante pendiente, llegando al templo sobre las 15:30 h y con el “depósito” de nuevo, muy por debajo de mínimos.

Gracias a las fotos del libro (“Bultaco la moto que conquistó el Himalaya”) se identificaba claramente la puerta de entrada (habituales antes de llegar a poblaciones o templos) y que Ramón y sus amigos cruzaron en aquellas lejanas fechas, y de inmediato frente a nuestros ojos se alzaba altivo y orgulloso el templo, en toda su expresión, luz y esplendor.

Impresionante y emocionante, casi increíble pensar que aquello era realidad y que lo estábamos viendo en vivo y en directo.

Es el más grande de la región del Khumbu y está cerca de los 3.900 metros, su estructura es de 1923 pero quedó destruido por el terremoto de 1934. Se reconstruyó y destruido de nuevo en 1989 por culpa de un incendio, se volvió a recuperar con ayuda externa y voluntarios.

En la explanada del templo es donde se hizo la famosa foto de los expedicionarios con sus motos perfectamente alineadas por número de matrícula, y con el Everest, Nupse, Lhotse, Ama Dablan y Thamserku como testigos de la hazaña.

Thenzin Norgay, el primer hombre en alcanzar la cima del Everest junto con Edmund Hillary, nació en esta área y fue enviado a este monasterio para ser un monje.

Nuestro lodge se encontraba frente al templo, era grande y al igual que los anteriores disponía de una sola habitación calefactada (comedor), lo que le diferenciaba de los demás es que en este…. todavía hacía más frio.

A la 5 fuimos a la oración de los monjes, era casi imposible creer que estábamos en el interior de Thyangboche, una gran y larga escalinata nos llevaba a una especie de patio previo al oratorio y, después de dejar nuestras botas fuera, entramos…

Los monjes estaban entonando sus mantras en una especie de monótona y casi somnolienta canción-rezo, que sin duda te transportaba a una sexta dimensión. El templo desde dentro era una auténtica delicia de ver, los budas con sus sorprendentes rostros y la expresión de sus ojos, además del resto de decoración, y los monjes con sus gruesas túnicas color azafrán tan cerca de nosotros, hacían de la ocasión un momento único e irrepetible.

Al salir, mientras nos poníamos las botas, salió un monje joven, le llamé y empezamos a hablar, le mostré el libro, le hablé de la Himalaya 73 y no daba crédito a sus ojos, llamó a otro monje el cual si sabía algo al respecto, nos hicimos unas fotos con las fotografías de la expedición en mano y Nima Nuru Sherpa firmó también en el libro, un encaje de manos y un fuerte y emocionado abrazó nos despidió, insistiendo en que cumpliríamos con nuestro compromiso de enviarle las fotos a nuestro regreso a nuestro país (como así fue, y como así nos confirmó).

De regreso al Lodge, cena a las 7, un poco de tertulia con el grupo y a dormir a las 9, o mejor dicho… a pretender dormir. La ascensión había sido una nueva paliza y la noche bien podría haberse definido como la canción de los Beatles “Qué noche la de aquel día”, porque despertarte y ver que tan solo son las 12, sabiendo que la “luz” no sale hasta las 6, te hace pensar que aquella será una noche muy larga.

Por otra parte, Gemma arrastraba un resfriado que con la altura, el frio y el cansancio, hacía que cada vez se acusara más. Su pulso estaba acelerado, la respiración se hacía más dificultosa y además se sentía inquieta, no parando en el saco ni 5 minutos… incluso la oí hablar en sueños en alguna ocasión.

Fue una noche dura, lenta, larga, e inquietante. Los guías, aunque no te lo digan, llevan oxigeno en su mochila, pero, ¿cómo encontrarlos en caso de necesitarlos? Por otra parte, el helicóptero, que cada día veíamos surcar las montañas para evacuar montañeros, era evidente que no vendría de noche en caso de tener que salir corriendo…

Pasamos como pudimos y a la mañana siguiente decidimos que Gemma y yo descenderíamos, quedándose con nosotros el segundo sherpa guía, Lukmang y Raspumar Rai, como porteador.

Mariona, Magda, Ramón, Martí y Héctor siguieron adelante junto con Jeeband y resto de porteadores, aunque Mariona en la siguiente “escala” se encontró mal, llegando a los 40 grados de fiebre, y pasándole visita una doctora americana que, por la más pura casualidad, encontró también haciendo el trekking.

Otras circunstancias obligaron al abandono de más miembros del equipo, por lo que únicamente Martí y Héctor llegaron a Gora Shep, último lodge del trekking, a horas del campo base del Everest y situado en los 5.100 metros.

Charlando en Namché, Héctor ya comentaba que en los 5.100 metros no “pegas ojo en toda la noche”, y así nos lo confirmaron todos al reencontrarnos, entre otras cosas porque su “habitación” no superó los -3 grados, aunque al día siguiente ellos sí alcanzaron el que era el emocionante y desafiante objetivo común de ascender a la cima del Kala Pattar (5.540 metros), siendo este el mejor mirador sobre los mayores picos de toda la tierra y justo premio a su decidido esfuerzo. ¡Bravo por ellos!!!

Por nuestra parte, Gemma y yo nos ubicamos de nuevo en Namché Bazar, recuperándonos y haciendo lo que podríamos denominar minitrekkings, partiendo de Namché como “campo base”.

Esta circunstancia nos permitió vivir el Nepal en el estado más puro, ya que la temporada de trekking se alarga entre los meses de octubre y noviembre, pero entrados en diciembre ya no había nadie. Uno de nuestros destinos fue Thame, una muy pequeña población a 5 horas de Namché, ascendiendo a continuación al Monasterio de Thame, rozando los 4000 metros, y visitando un oratorio aún más espectacular por su policromía que el de Thyangboche.

Pasamos la noche en casa de una familia sherpa y después de cenar fue muy divertido hacer todos juntos tertulia (los padres, sus hijos, nuestros sherpas y nosotros) alrededor de una estufa metálica, mientras que Gemma preguntaba y bromeaba con Raspumar (nuestro jovencísimo porteador) sobre sus novias…

Después, lo que no resultó tan divertido fue ir a la habitación y meterse en el saco…. aunque particularmente, queridísimos amigos, decir que jamás habíamos tenido tal sensación de aislamiento y lejanía en toda la vida, realmente estábamos en el último rincón de la tierra, y la paz que vivimos y respiramos era del todo indescriptible.

Días después nos reuníamos todo el equipo en Namché de nuevo, celebrando la cima de Héctor y Martí e iniciando el regreso que nos llevaría a Luckla, origen de nuestro trekking, y donde cogeríamos de nuevo la avioneta para Katmandú.

Tarde de descanso ya en la ciudad y al día siguiente un mini bus, con guía contratado por nosotros, nos dirigiría a la ciudad santa de Backtapur, la joya del valle de Katmandú y ciudad detenida en el tiempo, pudiendo disfrutar de toda la riqueza arquitectónica en forma de templos que caracteriza a esta población.

A la caída de la tarde, y de nuevo en Katmandú, fue realmente emocionante dirigirnos al templo de Pashupatinath, probablemente el más importante de la religión hinduista en el mundo, situado a orillas del rio Bagmati, siendo este el lugar al que acuden los nepalís para la ceremonia crematoria de sus fallecidos, a partir de unos “altares” junto al rio en el que incineran sus cuerpos, para tirar a continuación sus cenizas al sagrado rio.

Hacer reflexión del viaje al regreso es obligado, destacando lo afortunados que fuimos al poderlo vivir junto a Magda, Mariona, Martí, Ramón y Héctor, además de nuestros magníficos sherpas y porteadores. En cuanto a ti, cordillera del Himalaya, resultaba del todo evidente que nos estabas esperando, como esperas a todo montañero que se atreve a visitarte, presentándote de manera orgullosa, descarada, bella y desafiante.

Antes de finalizar este relato, es de justicia hacer un claro reconocimiento a la hazaña de nuestros moto-aventureros. Si para nosotros ya resultó duro, teniendo un techo y una cama…. o camastro donde dormir cada día, imaginaros 19 días en tienda de campaña, durmiendo en el suelo con humedad, frío y cansancio… consiguiendo los 5.156 metros de altura con unas motos que nada tenían que ver con la ligereza de las actuales.

Y si alguien preguntase qué fue lo mejor de todo el viaje, sin duda la respuesta sería el privilegio de conocer a estas gentes y a este pueblo, el sherpa. Personas entregadas y sacrificadas, alegres y próximas, personas que pondrían pocos reparos a la hora de entregar su vida por salvar la tuya, personas siempre atentas a ver qué es lo que une a las personas, independientemente de procedencias, razas o religiones, más que aquello que pueda separarlas o enfrentarlas.

Hemos tenido la gran fortuna, mi mujer y yo, de viajar a muchísimos países de la tierra y he de confesaros, queridísimos amigos, que Nepal, el Himalaya y el pueblo sherpa se han convertido en una auténtica obsesión para mí, pensando muy habitualmente sobre todo ello y superando, en mucho, cualquier anterior experiencia de cualquier anterior viaje.

Al igual que Dimas Veiga escribía en su libro al coger su avioneta de regreso, me atrevería a decir que “Nunca podré olvidar la tremenda impresión que sentí en aquellos momentos. Con un sabor agridulce retuve, la imagen de aquella maravillosa e imponente naturaleza, mientras juntando las manos por las palmas, acercándolas a mi pecho en posición de oración y haciendo un leve movimiento con la cabeza hacia delante me despedí: HIMALAYA NAMASTÉ”.

Sería perfecto reunirnos de nuevo y gritar juntos con todas nuestras fuerzas:

¡¡¡HIMALAYA NAMASTEEEEEEÉ!!!