¿Qué es el trial?
El Trial es una modalidad deportiva del motor nacida en Gran Bretaña. Aunque su nombre también puede evocar términos como juicio, prueba o ensayo, en el ámbito motociclista se refiere a una disciplina muy particular.
A diferencia de otras competiciones, el Trial se practica fuera de carretera y la velocidad no es el factor determinante. Su esencia radica en la habilidad del piloto para superar obstáculos distribuidos en diferentes zonas a lo largo del recorrido, conocido como interzonas.
El itinerario suele desarrollarse por senderos y caminos forestales estrechos, donde se instalan varias zonas non-stop de corta distancia. En estas zonas deben afrontarse obstáculos de todo tipo: rocas, troncos, piedras, ríos, pendientes pronunciadas, curvas muy cerradas, entre otros. El objetivo es superarlos sin apoyar los pies en el suelo. Cada apoyo supone una penalización:
Un pie: 1 punto
Dos pies: 2 puntos
Tres o más apoyos: 3 puntos (varios)
Detener la moto o caer: 5 puntos (fiasco)
Los caminos que enlazan las zonas, llamados trialeras, suelen ser relativamente sencillos, aunque es habitual incluir tramos técnicos destinados a poner a prueba la destreza y el control del piloto.
¿Cómo y dónde nació el trial?
Es una pregunta difícil de responder.
El Trial, como especialidad, no tiene un “quién” ni un “cuándo” claramente definidos, pero sí un dónde: las Tierras Altas de Escocia, en Inglaterra. Se considera que el Trial es la disciplina motociclista más antigua. Prueba de ello es que en 2011 se celebró el centenario de los míticos Scottish Six Days Trial (SSDT).
A comienzos del siglo XX, las carreteras europeas eran precarias y, fuera de ellas, el terreno resultaba aún más complicado. Es fácil imaginar a muchos motoristas enfrentándose a caminos difíciles para llegar a su destino: atravesar una zona pedregosa o embarrada, cruzar un pequeño arroyo o superar desniveles naturales. También es probable que otros, movidos por la curiosidad o el afán de aventura, se apartaran voluntariamente de los caminos para probar su moto y a sí mismos, viendo si eran capaces de superar ciertos obstáculos o ascender una colina.
De esa mezcla entre necesidad y diversión surge el Trial: cuando un piloto y su motocicleta abandonan la ruta habitual para afrontar obstáculos complicados, dando prioridad no a la velocidad, sino a la limpieza y técnica con que se superan. Este tipo de prácticas también se empleó con un propósito más formal: probar las motocicletas destinadas al ejército.
Como es lógico, estas experiencias se produjeron de manera paralela en distintos países con industria motociclista, pero fue Gran Bretaña quien primero redactó un reglamento y creó una prueba específica. Por este motivo, los británicos se atribuyen el mérito de haber dado origen al Trial.
Escocia, año 1909
La niebla envolvía los fríos y solitarios paisajes de las Highlands cuando un grupo de amigos decidió organizar una prueba de destreza para vehículos de motor: coches, motos, sidecares y cualquier máquina con ruedas y un motor. Para dar seriedad al proyecto y disipar las críticas que surgieron, fundaron el Motor Club de Edimburgo. El desafío consistía en recorrer, a la mayor velocidad posible y atravesando campo abierto, unos 1.600 kilómetros durante cinco días. A lo largo del trayecto se incluían diversas zonas de gran dificultad que los participantes desconocían de antemano y en las que detenerse implicaba penalización. La propuesta tuvo tal éxito que continuó celebrándose en los años posteriores.
En 1911 la prueba se amplió a seis jornadas y pasó a llamarse Scottish Six Days Trial (SSDT). Así nació la competición de Trial más emblemática del mundo, y también el nombre de este nuevo deporte: “Trial”, que puede traducirse como prueba, intento o ensayo. En esta modalidad lo decisivo ya no era la velocidad, sino las penalizaciones acumuladas según la pericia para superar las distintas zonas técnicas del recorrido.
Dos años más tarde, en 1913, surgió una prueba parecida, pero con una clasificación basada en la velocidad en lugar de las penalizaciones. Se la denominó English Six Days Trial y, más adelante, International Six Days Trial (ISDT). De ella acabaría derivando el motociclismo de Todo Terreno o enduro.
En 1933, el SSDT se reorganizó en diferentes categorías, pues las motocicletas demostraban ser muy superiores al resto de vehículos al atravesar las zonas técnicas. Con el tiempo también se ajustó el reglamento, de manera que las penalizaciones dependieran del número de veces que el piloto apoyaba el pie en el suelo en las zonas controladas.
Durante muchos años la prueba fue casi exclusiva de pilotos británicos, ya que viajar hasta Escocia resultaba caro para los extranjeros, el recorrido era extremadamente exigente y, pese al esfuerzo, los premios se limitaban a una medalla y un fragmento de tejido escocés elaborado a mano.
Un episodio curioso ocurrió en 1914, en el Trial de Litton Slack. Los organizadores habían marcado las zonas con buen tiempo, pero el día de la competición amaneció con fuertes lluvias. La subida prevista a una colina se volvió prácticamente intransitable con el terreno empapado. Ninguno de los 132 pilotos logró ascender por sí solo; los pocos que alcanzaron la cima lo hicieron gracias a la ayuda del público. Sin embargo, lo peor aún estaba por venir: el descenso. Numerosas caídas, algunas de consideración, provocaron que los escasos competidores que seguían en carrera se plantasen en señal de protesta. Así se produjo la primera huelga de pilotos registrada en la historia del motociclismo.
En 1955, las marcas británicas comenzaron a fijarse en esta prueba como una excelente oportunidad para demostrar la solidez y la fiabilidad de sus motocicletas. La prestigiosa BSA preparó un modelo especial e inscribió al piloto de motocross Jeff Smith, quien, gracias a una conducción impecable y un estilo depurado, logró hacerse con la victoria final. A partir de entonces, los competidores empezaron a prestar mayor atención tanto a la técnica de pilotaje como a la preparación específica de sus motos.
En 1956, Gordon Jackson se alzó con el triunfo, y repetiría la hazaña en 1959, 1960 y 1961. Ese último año firmó una actuación memorable, penalizando únicamente un punto.
Las motos de la época derivaban directamente de las máquinas de carretera: pesadas, de cuatro tiempos, y apenas adaptadas al Trial. Las modificaciones solían ser mínimas, como montar neumáticos de tacos, aumentar el recorrido de las suspensiones o instalar un asiento monoplaza.
Fue la era dorada de marcas como Rudge, Ariel, Norton, Velocette, BSA, Triumph, AJS, Matchless o Royal Enfield, todas ellas vencedoras en el Scottish en una o varias ocasiones… hasta que en 1965 irrumpió Bultaco y cambió el panorama para siempre.
La Challenge Henry Groutars
Las pruebas de Trial comenzaron a expandirse por toda Gran Bretaña y, tras la Segunda Guerra Mundial, cruzaron a Bélgica para luego extenderse progresivamente por el resto de Europa. En 1954 se creó el primer campeonato de la especialidad, la Challenge Henry Groutars, considerado el germen de la competición moderna.
En España, los inicios del Trial se sitúan en 1961 —casualmente el año de mi nacimiento—, cuando, gracias a la iniciativa de Francisco X. Bultó, se celebró en Barcelona el primer Trial de San Antonio. Desde entonces, y a lo largo de más de cinco décadas, España se ha consolidado como una auténtica potencia mundial en este deporte.
El año 1964 marcó un antes y un después en la historia del Trial por dos acontecimientos fundamentales. El primero fue el fichaje del piloto británico Sammy Miller por Bultaco. El segundo, la creación oficial de la Challenge Henry Groutars, que serviría como base para el futuro Campeonato del Mundo.
La llegada de Miller a Bultaco supuso una auténtica revolución: su trabajo transformó profundamente la industria motociclista del momento. Tanto es así, que hoy en día los triales de motos clásicas se clasifican en Pre’65 y posteriores, en homenaje al impacto que generó su aportación.
A partir de ese momento, los mejores pilotos británicos —los dominadores del Trial en aquellos años— empezaron a contemplar la posibilidad de trasladarse a España. Así, figuras como Don Smith y Mick Andrews atendieron la llamada de una industria española en pleno crecimiento y con la ambición de hacerse un hueco en el panorama internacional.
Con talento extranjero y un sólido proyecto, Bultaco, Montesa y Ossa supieron aprovechar la experiencia y los conocimientos técnicos de estos pilotos para dar un salto definitivo. En muy poco tiempo lograron dominar el mercado y las competiciones, contribuyendo al tránsito de las pesadas motocicletas de cuatro tiempos a las más ligeras y eficientes dos tiempos.
La creación de la Challenge Henry Groutars en 1964 fue, en definitiva, la primera piedra del Trial como deporte global. Cuatro años más tarde dio lugar al primer Campeonato de Europa, que en 1975 evolucionaría hasta convertirse en el Campeonato del Mundo de Trial.
El primer Campeonato del Mundo
Corrían los años sesenta y el Trial vivía una época de héroes. Don Smith domando su Montesa, Sammy Miller empujando los límites con su Bultaco y Mick Andrews haciendo magia sobre su Ossa. Para muchos, ellos eran el trío sagrado. No en vano, entre 1968 y 1972 se repartieron las victorias como si el destino solo tuviera ojos para ellos. Pero en 1973 otro británico irrumpió para quebrar esa hegemonía: Martin Lampkin. Aquel año conquistó el título europeo y, solo dos temporadas más tarde—ya con la competición expandida al continente americano—se convirtió en el primer Campeón del Mundo.
Su triunfo, sin embargo, marcó también el final simbólico del pilotaje británico tradicional. A partir de entonces, el mundo del Trial empezó a cambiar.
La segunda mitad de los setenta se transformó en la auténtica “edad de oro” para las marcas españolas. Mientras las británicas se desvanecían, España se convertía en el corazón creativo del Trial: innovación tras innovación, idea tras idea, las motos nacidas aquí dictaban el futuro del deporte.
En ese paisaje emergió un piloto finlandés destinado a hacer historia: Yrjö Vesterinen. Con tres títulos mundiales consecutivos, se convirtió en el primer pluricampeón y en maestro de una nueva manera de entender el Trial. No solo triunfó sobre la moto; profesionalizó el deporte, demostrando que el Trial podía ser una forma de vida.
En 1979 llegó un terremoto procedente del otro lado del Atlántico: el estadounidense Bernie Schreiber. Ganó su único Campeonato del Mundo con un estilo que rompía todas las reglas no escritas. Acrobático, audaz, casi aéreo: Schreiber mantenía la rueda delantera suspendida en el aire y su cuerpo bailaba alrededor de la moto, aprovechando cada inercia. Su forma de pilotar obligó a las marcas a repensar por completo la distribución de pesos de las motos. Nada volvería a ser igual.
Pero mientras el Trial evolucionaba, las grandes marcas españolas vivían su propia tormenta. A finales de los setenta y principios de los ochenta, Bultaco, Montesa y Ossa entraron en una grave crisis industrial. Las ventas cayeron, dos de ellas cerraron y solo Montesa logró sobrevivir gracias a su alianza con Honda.
El vacío que dejaron fue aprovechado por las marcas italianas, que vieron en el Trial un terreno fértil. SWM y Fantic encontraron su momento de gloria, llevando a sus pilotos a lo más alto del podio.
A comienzos de los ochenta, las motos de válvulas regresaron al protagonismo gracias a un joven prodigio: Eddy Lejeune. Con apenas 17 años y sobre una Honda RTL 360, deslumbró al mundo y conquistó tres Campeonatos consecutivos (1982, 1983 y 1984), igualando el récord de Vesterinen.
En 1984, la FIM (Federación Internacional de Motociclismo) decidió reunir a los mejores pilotos de cada país y crear el Trial de las Naciones, una competición que marcaría un nuevo capítulo en la historia del deporte.
Lejeune rozó su cuarto título, pero se le interpuso un francés destinado a dejar huella: Thierry Michaud. Para muchos, el mejor piloto galo de todos los tiempos. Con una mentalidad férrea y una organización impecable de su equipo, llevó a la Fantic a lo más alto y sumó tres títulos mundiales. No necesitó innovar en técnica: su fuerza estaba en la cabeza y en el corazón.
Y llegó Jordi Tarrés
La irrupción de Jordi Tarrés marcó un antes y un después en la historia del Trial. Su llegada al Mundial de 1985 supuso un auténtico golpe de timón para este deporte: con él nació un nuevo estilo… y, sobre todo, nació el espectáculo.
Tarrés fue pionero en muchas cosas. Su obsesión por superarse -fue el primero en combinar entrenamiento técnico con trabajo de gimnasio-, su talento desbordante y su imaginación sin límites lo convirtieron en el padre del Trial moderno. A su alrededor, todo cambió.
Solo Thierry Michaud, en 1988, y el finlandés Tommy Ahvala, en 1992, lograron arrebatarle brevemente la corona. Y cuando en 1996 otro español, Marc Colomer, también surgido del Trialsín, parecía destinado a dominar los años posteriores a la retirada del siete veces campeón del mundo, ocurrió algo muy poco frecuente en un mismo deporte: coincidieron dos genios en el tiempo.
Porque, mientras Tarrés decía adiós, el Mundial recibía a un joven británico que cambiaría la historia: Dougie Lampkin, hijo del primer Campeón del Mundo, Martin Lampkin. Dougie no tardó en dejar su huella, logrando siete títulos mundiales de Trial Outdoor (1997-2003) -tres con Beta y cuatro con Montesa- y uniéndose, hasta la llegada del “monstruo” Toni Bou, al selecto grupo de los más grandes junto a Tarrés y Laia Sanz.
El Trial comenzó entonces a expandirse por el mundo, y esa globalización llevó el título de 2004 a manos del japonés Takahisa Fujinami, otro icono eterno de la especialidad.
A partir de 2005, sin embargo, se inició una era que todavía hoy continúa: la supremacía absoluta del Trial español. Adam Raga con Gas Gas (2005 y 2006), y después Toni Bou con Montesa- y sus increíbles títulos consecutivos desde 2007 hasta 2017-, consolidaron un dominio casi irrepetible en la historia del deporte. A su lado, siempre en las posiciones de cabeza, pilotos como Albert Cabestany, Jeroni Fajardo y una nueva generación prometedora -Jaime Busto, Gabriel Marcelli, Miquel Gelabert, entre otros- han hecho que España se convierta, con orgullo, en la gran referencia mundial del Trial.