A comienzos de junio de 1971, cuando el Motocross empezaba a consolidarse como disciplina emergente en Cataluña, vivió uno de esos momentos que marcan época. Del 2 al 4 de junio, el legendario piloto belga Joël Robert aterrizó en tierras catalanas para impartir un exclusivo cursillo de pilotaje organizado por Moto Club Bultaco.
En aquel momento, Robert no era solo un campeón, era el referente absoluto del Motocross mundial. Su estilo fluido, agresivo y espectacular lo había convertido en un ídolo para toda una generación de pilotos europeos, y su presencia en Cataluña levantó una expectación inusual para una actividad formativa.
El curso tuvo lugar en la Masía de San Antonio, en Cunit, y los cursillistas se alojaban en un hotel de Cubellas. Cada día, el polvo levantado por las ruedas, el terreno irregular y los saltos naturales hacían que aprender a dominar las Pursang fuera todo un reto. Entre risas, caídas y emoción, se respiraba la pasión por el Motocross que crecía a todo ritmo en Cataluña, animada por fabricantes como Bultaco.
Durante tres jornadas, un grupo reducido de pilotos, tuvo la oportunidad de entrenar bajo la supervisión directa del campeón belga. Las sesiones combinaban: explicaciones técnicas sobre trazadas y control del gas, ejercicios prácticos en circuito y correcciones personalizadas, algo poco habitual en la época
Pero lo que realmente dejó huella fueron las demostraciones del propio Robert. Sobre su moto, el belga convertía cada curva en una lección visual: derrapadas controladas, saltos medidos al milímetro y una naturalidad que contrastaba con el esfuerzo evidente de sus alumnos.
Más allá de la experiencia individual de los asistentes, el cursillo tuvo un valor simbólico enorme. España vivía entonces el auge de sus marcas motociclistas, y eventos como este reforzaban la conexión con la élite internacional.
La implicación de Bultaco no era casual, la marca buscaba consolidar su presencia en competición y formar pilotos capaces de competir al máximo nivel. Traer a Robert era, en ese sentido, una declaración de intenciones.
Para quienes estuvieron allí, aquellos tres días fueron irrepetibles. No solo por aprender técnica, sino por compartir pista con el mejor piloto del mundo en ese momento. En una época sin academias ni estructuras profesionales, aquel cursillo representó una ventana directa al Motocross de élite.
Con el paso del tiempo, el evento ha quedado como una pieza casi olvidada de la historia, pero sigue siendo un ejemplo temprano de cómo el Motocross empezó a profesionalizarse en Cataluña y en toda España.


















































































































































































































































































































































